Primera carta dirigida a Ben Bowman, mejor amigo de Kate Walter:
24 de junio de 2017.
Querido Ben:
Hace ya tres años que no nos vemos y no te miento al decirte esto, me embarga una gran tristeza. Una de las razones de este sentimiento es la distancia que nos separa, hay muchos kilómetros entre Estados Unidos y Egipto, y debido al ajetreo de las excavaciones se me hace imposible ir a visitarte tanto a ti como a tus hermanos, si quieres cuando acabes esta lectura se la puedes enseñar tanto a Sarah como a los niños.
Te preguntarás por qué te envío esta carta... hay dos razones y una de ellas ya la conoces (si no es así esto me demuestra que el tiempo y la circunstancias te han cambiado y no eres la persona de la que me despedí). Bueno la primera de ellas, y la más obvia, no es otra que la de simplemente saber como estáis todos por allí (te lo pregunto por carta porque sabes que no soporto los correos/teléfonos siempre me ha gustado lo antiguo o clásico, igual por eso soy arqueóloga).
La otra razón es para contarte un conjunto de sucesos que me han importunado y no me han dejado dormir del todo tranquila, si te soy sincera.
Hace poco nos visitaron a las excavaciones unas personas de los más peculiares, eran dos mujeres, rondarían la treintena e iban equipadas con ordenadores muy sofisticados. La más alta de ellas, muy educadamente, se presentó e hizo lo mismo con su compañera. Esta última lo único que hacía era admirar el paisaje y si te digo la verdad no la culpo porque este era espectacular. A ti por lo menos te habría encantado, el cielo casi siempre es azul y contrasta mucho con las grandes puntas de flecha que miran al cielo como solo lo pueden hacer las grandes pirámides y por si esto fuera poco tendrías que ver a las pequeñas hormigas admirar a la gran guardiana. Todo es tan grande y nosotros somos tan pequeños.
Nos contó que su amiga es ingeniera especializada en biotecnología y que tenía encargado estudiar el método de conservación de las momias para realizar un proyecto que revolucionaría la ciencia moderna.
Después del shock inicial la científica nos dijo que su nombre era Sophie Kenstein y que su amiga y ayudante era Eli Clever (más tarde me enteré de que era una experta filóloga amante de los jeroglíficos).
Durante los primeros días nos fuimos conociendo y no me imaginaba lo bien que congeniaríamos Sophie y yo, nos hicimos inseparables. Ya sabes que por aquí todo es muy turbio lo que hace que los turistas o nuevos profesionales extranjeros no se relacionen con nadie del entorno.
Pasaron los días y Sophie me preguntó cual era mi historia (pensaba lo mismo que tú, ¿cómo una persona nada más salir de la universidad decide dejarlo todo para ir a Egipto?), yo se la conté con pelos y señales. Nuestra confianza era tan grande que un día me dijo:
- ¿Sabes? Me parece injusto que yo sepa todo sobre ti y tu nada sobre mi. Te voy a contar por qué estamos aquí, y lo que yo, al menos, intento conseguir.
Su historia te la enviaré en otra carta junto a una grabadora donde podrás escucharla de su propia voz y juzgar por ti mismo lo que ansía conseguir.
Espero noticias vuestras.
Kate Walter.
¡Qué intriga! ¿Cuál será su historia? Lo estás haciendo muy bien, Lucía.
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